Para empezar, ¿quién es Oriol Segarra y cuál es tu relación con la economía circular?
Soy Oriol Segarra. Nací en Calella, cerca de Barcelona, y desde hace dos años vivo en Galicia. Empecé a trabajar en economía circular en 2014, colaborando con organizaciones que buscaban reducir la producción de plástico desde una perspectiva activista y también mediante el uso de tecnología.
Después trabajé en consultoría de economía circular con la metodología Cradle to Cradle. Durante los seis años siguientes desarrollé mi propia startup, Bumerang, centrada en la reutilización de envases de comida y bebida para llevar mediante sistemas tecnológicos. Hace aproximadamente un año dejamos de operar directamente la empresa y la vendimos a un grupo alemán, que continúa desarrollando el proyecto bajo la marca Vytal.
¿Cuáles fueron tus mayores aprendizajes durante tu etapa en Bumerang?
Desde el punto de vista del negocio y de la reutilización como industria, mi principal aprendizaje fue que, mientras no exista una presión real por parte de la Administración o un beneficio económico directo, muchas organizaciones no adoptarán estos sistemas.
Eso no significa que la reutilización sea más cara. El problema es que nuestra economía externaliza gran parte de los costes asociados a los envases de un solo uso. Entre todos pagamos sus consecuencias ambientales, sociales y económicas, y por eso, dentro del mercado, parecen más baratos.
Si las organizaciones asumieran el coste real de producir, utilizar y gestionar los envases de un solo uso, probablemente resultarían más caros. La buena voluntad y las ganas de hacer las cosas bien terminan encontrándose con la cuenta de resultados.
¿Durante cuánto tiempo funcionó Bumerang?
Bumerang nació en el verano de 2019 y funcionó con ese nombre hasta julio de 2025. El sistema continúa activo, creciendo y trabajando con clientes bajo la marca Vytal.
Después de llevar la circularidad a la práctica, ¿cambió tu forma de entenderla?
Mi visión no cambió. Bumerang nació con una misión muy clara y la economía circular, como concepto, también lo es: no podemos mantener una economía extractiva que busca crecer continuamente en un mundo con recursos finitos.
La naturaleza lleva toda la vida funcionando de forma circular. Debemos producir bienes, productos y servicios de manera que los materiales y recursos utilizados puedan volver al ciclo y reincorporarse a él. No podemos basar indefinidamente el crecimiento en la extracción de recursos limitados, porque eso termina generando conflictos.
Por eso, mi visión de la economía circular no ha cambiado: está basada en una lógica natural y universal.
¿En qué posición se encuentra España frente a otros países europeos en materia de economía circular?
Creo que España conserva industrias, productos y hábitos que son más circulares que los de otros países. Podemos verlo en la alimentación, en la forma de consumirla y gestionarla, y también en determinadas industrias y productos tradicionales que continúan funcionando.
Quizá no sabemos convertir esa realidad en una narrativa de marketing tan aspiracional como la de países como Dinamarca u Holanda. Sin embargo, desde un punto de vista social y económico, considero que España puede ser más circular que algunos países que basan buena parte de su funcionamiento en la importación de productos y materiales.
A veces se presenta a Dinamarca como un gran referente, pero también tiene un uso muy elevado de la incineración. Puede existir un discurso muy avanzado sobre circularidad y, al mismo tiempo, prácticas que no son necesariamente coherentes con él.
¿La legislación actual está impulsando suficientemente la economía circular?
Actualmente estoy menos conectado con la regulación que no afecta directamente al packaging y a los envases, así que no puedo valorar con precisión todo el marco normativo. Sí sé que Europa, dentro de su Plan de Acción para la Economía Circular, está desarrollando directivas y normativas para sectores como las baterías, el textil, la moda y la construcción.
Lo que tengo claro es que la industria no cambiará de forma generalizada hasta que la regulación haga más caro utilizar productos no circulares. Si una solución contamina y dificulta que las futuras generaciones mantengan una economía de bienestar, debería asumir un coste mayor.
La regulación es una de las palancas más eficaces porque cambia las reglas del juego. Cuando cambian las reglas, también cambia la manera en la que actúan los participantes.
¿Es realmente escalable la economía circular?
Mi primera respuesta es: ¿por qué no iba a serlo? No conocemos ningún país que haya apostado completamente por una economía circular y haya demostrado que no funciona. En realidad, todavía no nos hemos atrevido a probarlo a esa escala.
El problema es que las cadenas de valor, los sistemas productivos, la logística y los modelos financieros actuales están diseñados para una economía lineal. Cuando intentas introducir un negocio o un sistema circular dentro de esa estructura, no encaja y resulta difícil optimizar los costes.
La economía circular necesita una mirada a largo plazo. No puede evaluarse con los mismos parámetros que un negocio digital de crecimiento rápido, porque implica cambiar sistemas completos. Para hacerlo hacen falta palancas muy potentes, y una de las más efectivas es la regulación.
Estoy convencido de que puede escalar. Si tenemos un sistema lineal que funciona a pesar de ser profundamente ineficiente, no hay razón para pensar que uno circular no pueda funcionar.
¿Pueden convivir un modelo lineal y uno circular?
Todo sistema tiene pérdidas. Por muy bien diseñado que esté, siempre habrá elementos que se escapen del circuito. En ese sentido, cierta linealidad puede ser una consecuencia inevitable de un sistema circular.
En un sistema de envases reutilizables puede ocurrir, por ejemplo, que una persona tenga que abandonar rápidamente un recinto y no devuelva su vaso. Esas pérdidas existirán. Lo que no debería ocurrir es que el modelo sea mayoritariamente lineal y que la circularidad represente únicamente una parte mínima.
Los festivales son especialmente interesantes porque funcionan como sistemas cerrados, casi como ciudades efímeras. El organizador puede definir qué productos entran, qué condiciones cumplen los proveedores y qué reglas se aplican. Eso permite controlar el sistema con mucha precisión.
Por ese motivo, los festivales pueden demostrar que la circularidad funciona para cientos o decenas de miles de personas y que, además, puede ser rentable.
¿Existe un perfil de persona más predispuesta a reutilizar?
No. Uno de nuestros primeros aprendizajes en Bumerang fue precisamente ese. Pensábamos que nuestros principales usuarios estarían en restaurantes veganos, ecológicos o vinculados al movimiento Slow Food, pero la conciencia ambiental no garantiza que una persona vaya a escoger la opción reutilizable en cada momento.
La carga cognitiva influye mucho. Una persona puede estar concienciada, pero tener hambre, prisa, responsabilidades familiares o simplemente demasiadas decisiones que tomar. Si el sistema sostenible resulta difícil, probablemente no lo utilizará.
Por eso dejamos de vender únicamente sostenibilidad y empezamos a vender comodidad y una mejor experiencia. La reducción de residuos seguía siendo importante, pero la conveniencia era la clave.
Cuando dos opciones son igual de cómodas, un pequeño impulso puede hacer que la persona escoja la reutilización. También ayuda presentarla como la opción principal o predeterminada. Hay mucha psicología detrás de conseguir que un sistema de reutilización funcione.
¿Cómo se puede hacer que la reutilización sea más cómoda dentro de un festival?
Reduciendo la fricción al máximo. Si la reutilización genera una cola de cien personas, el festival no querrá implementarla porque puede perder ventas y el asistente tampoco querrá utilizarla.
La experiencia tiene que ser simple, fácil y rápida, hasta el punto de que el usuario apenas piense que está reutilizando. La persona quiere pedir su bebida, escuchar a su artista favorito y pasar un buen rato con sus amigos. El sistema debe integrarse de manera natural en esa experiencia, no competir con ella.
¿La fianza sigue siendo la mejor forma de conseguir que los envases vuelvan?
En un festival puede ser una de las fórmulas más efectivas, pero no es la única. En sistemas cerrados no observamos una diferencia tan grande entre un modelo de depósito y un modelo de penalización.
En el sistema de depósito se cobra una cantidad al entregar el vaso y se devuelve cuando el usuario lo retorna. En un sistema de penalización no se cobra nada al principio: solo se aplica un cargo si el envase no vuelve.
Este segundo modelo puede resolver algunos problemas. Por ejemplo, cuando una persona compra bebidas para todo su grupo, con la fianza tradicional asume todos los depósitos y después depende de que sus amigos le devuelvan los vasos. Con la penalización, mientras los envases terminen regresando al sistema, no se le cobra nada.
¿Qué papel puede tener la tecnología en la reutilización y cuándo puede complicar el sistema?
La tecnología debe ir de la mano de tres elementos: la conveniencia, el coste y la facilidad operativa. Tiene que mejorar la experiencia del usuario, simplificar la operación y el reporting, y no representar un coste desproporcionado.
La inversión inicial puede amortizarse cuando se trata de un festival recurrente, pero el coste operativo de reincorporar cada vaso al sistema no puede dejar al proyecto constantemente al límite del punto de equilibrio.
La tecnología también permite demostrar que el sistema funciona ambiental y económicamente. Si un vaso cuesta cincuenta céntimos, necesitas saber cuántas veces debe utilizarse para amortizarlo. Con datos sobre la tasa de retorno y sistemas de trazabilidad puedes calcular cuántas rotaciones alcanza de media el pool de vasos y tomar decisiones con números reales.
¿Cuándo puede un evento afirmar que está aplicando realmente la reutilización?
La sostenibilidad no es un interruptor que simplemente está encendido o apagado, ni una etiqueta que un evento pueda adjudicarse. Son acciones concretas. Lo importante es medir qué impacto genera el festival y qué medidas está tomando para reducirlo o incluso producir un impacto positivo.
Además, la sostenibilidad tiene distintas dimensiones: ambiental, climática, territorial y social. Importan las emisiones, el impacto sobre el entorno, la relación con las comunidades, las condiciones laborales y muchas otras variables.
Lo que sí tengo claro es que un festival que utiliza envases reutilizables, pero no tiene un sistema de reutilización, está generando una falsa percepción. Comprar vasos, añadirles el logo y la fecha del evento y venderlos como recuerdo puede ser merchandising, pero no es reutilización.
Puede tener sentido producir una edición limitada para quienes quieran comprarla como recuerdo. El problema aparece cuando todos los vasos se plantean así y se comunica como un sistema circular. En ese caso existe un riesgo evidente de greenwashing, porque un vaso reutilizable no es lo mismo que reutilizar.
¿Qué beneficios económicos y de experiencia puede aportar la circularidad a un evento?
Los sistemas de reutilización pueden aportar beneficios económicos y de percepción. Puede existir una parte orientada a alcanzar el punto de equilibrio mediante la reutilización y, al mismo tiempo, una línea limitada de merchandising que genere un ingreso adicional.
También existe un beneficio muy importante para la experiencia del público. Terminar un festival y no encontrar un mar de vasos en el suelo cambia la sensación con la que el asistente abandona el recinto. Puede habérselo pasado muy bien y, además, sentir que ha participado en un evento coherente y limpio.
Esa percepción positiva puede convertirse en una razón para volver. Del mismo modo, un espacio lleno de residuos puede generar rechazo o incluso vergüenza por haber contribuido a esa situación.
En la parte económica, hay que entender la reutilización como una inversión a largo plazo. La primera implementación tiene costes y necesita aprendizaje. No tiene sentido exigir que produzca resultados perfectos en el primer o segundo evento cuando a otras innovaciones se les conceden años para generar retorno.
Los equipos necesitan tiempo para aprender, adaptar la logística, superar resistencias y desarrollar sus propios métodos de trabajo. Después de los primeros meses de fricción, el sistema puede integrarse en la cultura operativa y empezar a generar resultados y valor.
¿Cuáles son las métricas más importantes para saber si un sistema de reutilización funciona?
Señalaría dos. Desde el punto de vista logístico y del propio sistema, la tasa de retorno. Desde el punto de vista de la experiencia del cliente y de la operación de barras, el tiempo de entrega de la bebida.
Una permite comprobar si los envases regresan al circuito. La otra confirma que la reutilización no está perjudicando la velocidad del servicio ni generando fricción para el asistente.
¿Qué consejo darías a un festival que quiere empezar o que se siente estancado con su sistema de reutilización?
Lo primero es hacerlo porque existe una convicción real y confiar en el proceso. Si nadie dentro de la organización cree en el sistema, no funcionará. No puede ser únicamente una iniciativa del equipo de marketing, de sostenibilidad o de operaciones: necesita el compromiso de toda la organización.
También hay que aceptar que la primera prueba puede no salir tan bien como se esperaba. Se están modificando operaciones esenciales: la recepción y el almacenamiento de vasos, su distribución, el servicio en barras, la recuperación y la logística posterior. Eso genera fricción y requiere aprendizaje.
Por eso no evaluaría el sistema únicamente después de uno o dos eventos. Hay que darle, como mínimo, una temporada completa para que el equipo pueda probarlo, frustrarse, aprender y terminar integrándolo.
Es la curva habitual de cualquier innovación: primero existe resistencia, después aprendizaje y finalmente adopción.

